Desierto de la Tatacoa: un Lugar Mágico en el Corazón de Colombia

Desierto de la Tatacoa, Huila (Colombia)

Desierto de la Tatacoa, Huila (Colombia)

En la corazón de Colombia encontramos uno de los departamentos más productivos y de mayor riqueza en biodiversidad, el Huila. En el corazón del Huila se encuentra el segundo desierto más grande de Colombia: el desierto de la Tatacoa. Este lugar ha sido un lugar mágico, famoso por la posibilidad de observar noches estrelladas. Cuenta con un observatorio donde cada noche, en especial las de luna nueva, los visitantes pueden tener una clase amplia de astronomía al aire libre. 

Si bien en un país caracterizado por su riqueza en biodiversidad y con gran cantidad de bosques resulta extraño un desierto en este lugar, el mismo no deja de tener una gran riqueza natural en flora y fauna silvestre. Uno de los lugares más innovadores para visitar es Conservas del Desierto, un emprendimiento familiar donde se encuentra un hotel que ha venido desde muchos años produciendo una gran cantidad de productos alimenticios y cosméticos, a partir de: pencas, sábila, grasa de cabro, entre otros productos naturales.

Para llegar al desierto de la Tatacoa, se toma un camino hacia el norte desde Neiva, la capital del departamento. Aproximadamente a una hora se llega al municipio de Villavieja, lugar con rasgos de arquitectura colonial, donde se respira un aire tradicional y es posible encontrar varios hoteles y restaurantes. Después de pasar por el municipio, llegamos a este desierto, un área protegida regional, a cargo de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena, CAM. Este lugar es muy visitado por turistas nacionales y extranjeros. La posibilidad de recorrer senderos, hacer biking, acampar, ver las estrellas, son algunos de los planes posibles en este lugar: mientras se puede degustar un vino del fruto de la penca.

Visita a Conservas del Desierto, Desierto la Tatacoa (Huila)

Visita a Conservas del Desierto, Desierto la Tatacoa (Huila)

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Mercados Campesinos: Biodiversidad Alimentaria y Cultura en un solo lugar

Mercado Campesino Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá)

Mercado Campesino Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá) Foto: Proyecto IPES-IDT-FETB

En el mercado campesino de la plaza de mercado del 20 de Julio es posible encontrar cada ocho días a 43 comerciantes que ofrecen  más de 150 productos diferentes (frutas, verduras, hortalizas, granos, tubérculos, etc.), sin contar sus diferentes variedades, de la región andina cundiboyacense. Más del 90% son productos frescos y un 10% procesados, estos últimos principalmente amasijos elaborados en los diferentes municipios de ambos departamentos. Este mercado es una perfecta muestra de la biodiversidad colombiana representada en los alimentos y la cultura que subsiste detrás de cada uno.

Este mercado es una muestra viva de la tradición que aún subsiste pese al gran tendencia homogenizante y reduccionista de nuestro actual sistema agroalimentario. Muchos de los comerciantes son campesinos que todavía siembran varios de los productos ofrecidos y algunos de ellos son intermediarios con los mercados campesinos de diferentes municipios como: Caqueza, Chipaque, Choachí y Fomeque en Cundinamarca; Tunja, Ramiriquí, Paipa, Genesano y Duitama en Boyacá.

Mercado Campesino, Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá)

Mercado Campesino, Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá) Foto: Proyecto IPES-IDT-FETB

Los productos ofrecidos representan la tradición detrás de la preparación de alimentos que todavía permanecen en la cultura local. Si bien nuestro sistema alimentario ha privilegiado la entrada de multinacionales de la industria alimenticia, quienes tienen cadenas de suministro que reducen a muy pocas las variedades ofrecidas, estos campesinos y comerciantes del mercado campesino se resisten hoy en día ofreciendo los ingredientes con que se preparan: la fritanga, los cocidos, los mutes, y las diferentes clases de sancochos que mantienen la biodiversidad alimentaria de nuestra cultura local.

Los mercados campesinos en Bogotá tienen hoy en día un auge que comienza a despertar la consciencia de muchos de los consumidores bogotanos. Desafortunadamente, la posibilidad de encontrar mercados campesinos no es fácil. La Alcaldía de Bogotá ha hecho un esfuerzo por montar mercados campesinos en algunas plazas o espacios de la ciudad de manera cada vez más periódica. En algunas de las plazas de mercado distritales todavía quedan algunos ejemplos de mercado campesino que desafortunadamente tienden a desaparecer.

La mejor forma de aportar a la conservación de la cultura campesina, de contribuir a una distribución más equitativa de los ingresos para los campesinos, de reducir la huella ecológica y de conservar la biodiversidad alimentaria del país, es a través de los mercados campesinos. Esta tradición que hasta hace unos cuarenta años era la manera tradicional de comprar y mantener el contacto con nuestros campesinos, fue desplazada por la compra en las grandes superficies y los supermercados, lo que rompió la posibilidad de generar una relación directa con quienes siembran nuestros alimentos, o al menos con quienes están en una relación más directa con la tierra. Comprar en los mercados campesinos es un pequeño acto de consumo que genera una gran diferencia para conservar nuestra cultura, nuestra biodiversidad alimentaria y nuestra tradición.

Mercado Campesino, Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá)

Mercado Campesino, Plaza de Mercado 20 de Julio (Bogotá) Foto: Proyecto IPES-IDT-FETB

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El Choco Biogeográfico: Amenazada por los megaproyectos

Pacífico Colombiano

Pacífico Colombiano

Peru, Ecuador, Colombia y Panamá además de la cercanía que tienen en su idioma, sus economías y buena parte de su historia, las une un lazo que ni los gobiernos, ni sus fronteras pueden dividir: estos países están unidos por  un cinturón de bosques que comienza en la región de Tumbes en el Perú, que corre a lo largo de la costa del pacífico Ecuatoriano, entra a Colombia y atraviesa el occidente del país y llega a Panamá para terminar en la región del Darien panameño antes del Canal de Panamá.

Esta región ha sido denominada el “Choco Biogeográfico” por parte de algunas organizaciones conservacionistas, quienes han encontrado una serie de ecosístemas comunes: bosques lluviosos, bosques tropicales, manglares, entre otros. Es una región de una gran Biodiversidad y una enorme riqueza cultural, habitada por un gran número de comunidades afrodescendientes y pueblos indígenas, así como población descendiente de la mezcla de estas dos culturas.

Esta región presenta diferencias y contrastes, producto de su historia y del manejo económico y político que ha tenido este territorio en los cuatro países. No obstante, esta gran diversidad biológica y cultural que le pertenece, la región como tal no ha tenido la trascendencia, ni el reconocimiento a nivel mundial, siendo opacada por la región de la Amazonía, la cual se ha robado toda la atención del conservacionismo mundial, dejando este gran ecosistema y su riqueza olvidado a los ojos del mundo.

Esta desatención es evidente no solo en los países que la gobiernan, sino a los ojos de quienes pudieran poner una mayor atención a su preservación y manejo sostenible a nivel mundial. Desde hace unos diez años el boom de empresas mineras, energéticas, petroleras, agroindustriales, entre otros sectores; ha llegado con una visión colonizadora y extractivista a esta región en los cuatro países, pero con especial fuerza en Colombia, Ecuador y Perú.

La necesidad que tienen estos países de generar recursos económicos producto de la explotación de sus recursos naturales ha visto en todo esté “andén” del pacífico, un lugar perfecto para estos intereses, sin despertar la mirada o sospecha de la comunidad mundial interesada en la conservación de la biodiversidad y de las culturas ancestrales que en ellos habitan. Lo que esta sucediendo en esta región es una tragedia de innumerables proporciones a la cual pocos han puesto atención.

No obstante, este escenario de pérdida de biodiversidad y de amenaza a sus comunidades, no todo esta perdido. Todavía existen esfuerzos por buscar llamar la atención de lo que en esta región esta pasando. Si bien los resultados todavía son incipientes, existen comunidades en los cuatro países que a su manera están desarrollando movimientos organizativos para defender su territorio.

Desafortunadamente el aislamiento producto de la poca conectividad de vías en las cuatro naciones, no ha permitido que sus comunidades se junten y trabajen mancomunadamente en su preservación. Pese a toda esta presión extractivista y avasalladora, la gran riqueza de la comunidad que habita toda esta región del pacífico nos hace pensar que un Choco biogeográfico distinto es posible.

Pacífico Colombiano

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El Consejo Comunitario Alto Río Guapi: Construyendo gobernanza a pesar de todo

Río Guapi, Cauca (Pacífico Colombiano)

Cuando la avioneta inicia su aproximación al aeropuerto de Guapi, se aprecia el río Guapi serpenteando por la selva hasta su entrada al mar. Desde la altura se observa la transición de bosque al manglar y en medio de esta aparecen algunos cultivos y por último, la pequeña población sobre el río. Para los cientos de turistas que pasan por Guapi, rumbo al Parque Nacional Isla Gorgona, les resulta paradójico el contraste de un pueblo con las calles en ruinas, donde es posible ver la gran cantidad de necesidades básicas de su población, frente a las instalaciones de un eco-resort a casi una hora en lancha.

En este contexto, a tres horas río arriba, se encuentra uno de los territorios colectivos de comunidades negras con mayor extensión en el pacífico nariñense: el Consejo Comunitario del Alto río Guapi, CCAG. El CCAG esta conformado por diez veredas distribuidas a lo largo de la cuenca media y alta del río. Es uno de los pocos lugares en el pacífico colombiano donde es posible encontrar todavía la cultura de las comunidades negras viva: la chirimías, la tomaseca, la chiyangua, la marimba, el bongo, entre otras muchas tradiciones, encuentran todavía en este territorio colectivo un espacio de encuentro.

No obstante, no todo es tan perfecto, los intereses de quienes ven en la minería a gran escala en estos territorios vírgenes una posibilidad de seguir obteniendo grandes dividendos, encuentran en la pobreza y necesidades de su población, el caldo de cultivo perfecto para ofrecer a sus habitantes unos ingresos que, según ellos, los sacaran de la pobreza. La minería llega una vez más repitiendo el ciclo promovidos por otros, que en años anteriores con la madera y la coca, ofrecieron las mismas ilusiones a su población. La gran diferencia hoy en día es que estas promesas mezclan los intereses de quienes llegan al territorio sin la autorización del Gobierno, con aquellos que llegan con un permiso de exploración o en algunos casos de explotación, en el marco de lo que el Gobierno Nacional ha denominado como: “la locomotora minera”.

Taller Planificación, CCAG, Guapi (Cauca, Colombia)

La presión ejercida por la minería ha sido, y seguirá siendo, una amenaza para la conservación del territorio, su cultura, y la educación de las nuevas generaciones, quienes ven en esto una alternativa para obtener ingresos de corto plazo. Los hombres jóvenes dejan sus estudios para ir a trabajar en las explotaciones, las mujeres jóvenes se ven tentadas por la prostitución, las familias se fragmentan y la cultura se pierde.

Desde su creación en el año 1998 el CCAG ha sido un ejemplo de innovación, ha venido fortaleciendo su estructura de gobierno propio, ha desarrollado diferentes instrumentos de planificación de su territorio, y ha formulado proyectos a partir de los problemas y necesidades que han identificado. Varias organizaciones nacionales y extranjeras han apoyado al consejo en estos años y se constituyen en aliados del mismo. Sin embargo, el futuro no parece sencillo, los diferentes intereses extractivos, que poco o nada están interesados en fortalecer la gobernabilidad, presionan cada vez más por debilitar sus estructuras de gobierno para capitalizar en pro de sus intereses.

La realidad que vive el CCAG es apenas una muestra de lo que tienen que enfrentar los cientos de consejos comunitarios que existen en el pacífico colombiano. Cada vez la situación es más compleja e insostenible, los intereses del gobierno de reducir la pobreza en este territorio no se reflejan en la realidad que tienen que enfrentar, y los pocos que visitan estas tierras, pasan por ellas de una manera aséptica, pensando en las comodidades que pueden encontrar en un parque como Gorgona.

Muelle sobre el río Guapi, Guapi (Cauca, Colombia)

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La variante San Francisco – Mocoa: Los dilemas de la conservación y el desarrollo

Cuenca alta del río Mocoa (Putumayo, Colombia)

El piedemonte Andino – Amazónico del departamento del Putumayo es uno de los lugares con mayor biodiversidad en Colombia, y quizás en el mundo. Este lugar ha despertado el interés de pueblos indígenas ancestrales, misiones evangelizadoras, colonos, etno-botánicos, conservacionistas, empresas mineras, entre muchos otros. Desde hace algunos años dicha región se ha convertido en el foco de atención de la Iniciativa de Integración Regional de Sur América, IIRSA, que busca conectar el continente a través de varios proyectos de infraestructura vial.

Con la firma del acta de inicio de la construcción de la variante San Francisco – Mocoa en agosto de 2011, no solo se da comienzo a la construcción de una carretera de gran importancia para la región del Putumayo, sino que se cuenta con una gran oportunidad de desarrollar una innovación en materia de buenas prácticas ambientales y sociales en una obra de infraestructura, por primera  vez en el país.

La historia del proceso de construcción de esta carretera tiene más de 100 años. El trazado por donde se adelantarán las obras fue identificado por la Orden de los Capuchinos a principios del siglo pasado, a petición del gobierno nacional de la época; y así mismo, es considerado por los indígenas como un camino ancestral. El otro aspecto a considerar es su importancia ambiental, dado que el trazado atraviesa la Reserva Forestal de la Cuenca Alta del Río Mocoa, RFCARM, declarada por el Inderena en 1984.

Antiguo camino de Sachamates, San Francisco (Putumayo, Colombia)

Gran parte del trayecto que une la variante cae dentro de la RFCARM, 35 km de 46 km que tendría la variante. El área une zonas de subpáramo en el municipio de San Francisco con altillanura amazónica en el municipio de Mocoa.  Adicionalmente es una región con presencia directa de población campesina y en su zona de influencia, de población indígena.

Como resultado final, se logró que todos los estudios realizados confluyeran en un gran instrumento innovador de planificación que se denominó: el Plan de Manejo Ambiental y Social, PMASIS. Dicho plan incorporó así mismo todas las medidas compensatorias que se tendrán por el desarrollo de la obra, tanto las de ley, como las exigidas por el BID para su financiación. El diseño de la obra y las medidas compensatorias son una total innovación en materia vial en el país.

Sin embargo, son todavía muchas las prevenciones frente a la efectividad de las medidas que se han desarrollado hasta ahora. Algunos representantes de los pueblos indígenas de la región interpusieron una acción de tutela y una acción popular para frenar la obra, y en cambio rehabilitar la antigua vía. Dichas medidas a la fecha no han logrado su objetivo y se esta a la espera del fallo judicial que defina si se accede a las demandas de esta población.

Son muchos los intereses que se ciernen hoy en día sobre la construcción de esta vía: locales, nacionales e internacionales. Del éxito que tenga su construcción dependerán muchas nuevas obras en el resto del país y los instrumentos de manejo ambiental que se adelanten para su desarrollo. Hoy en día se esta haciendo un esfuerzo para fortalecer los mecanismos de participación que durante seis años que durará la obra, puedan hacer un seguimiento y una veeduría efectiva. Pocas veces en el país la construcción una carretera ha puesto tantos intereses en juego.

Vía antigua San Francisco – Mocoa (Putumayo, Colombia)

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Un nuevo territorio: reconversión productiva en la cuenca del Tunjuelo

Zona Rural Localidad Usme (Bogotá)

Imaginemos que cada año una ciudad como Bogotá debe generar las condiciones para recibir casi 150.000 habitantes nuevos.  El crecimiento urbano ejerce una gran presión sobre su territorio, incluida su zona rural. Las estrategias para ordenar el territorio y conservar los recursos naturales riñen con las necesidades de construir viviendas y barrios que permitan absorber el alto crecimiento poblacional.

La zona rural de Bogotá se ha venido perdiendo para darle paso a miles de casas que en su construcción, generan grandes conflictos y dilemas entre conservar áreas estratégicas o desarrollar nuevos barrios. Usme y Ciudad Bolivar son dos localidades del sur de Bogotá que cuentan con una extensa zona rural que sirve de borde amortiguador con el Parque Nacional de Sumapaz, allí este conflicto se vive día a día. Dichas  localidades así mismo conforman la cuenca del río Tunjuelo, de gran importancia ambiental para la ciudad. Sin embargo, el crecimiento de Bogotá amenaza la conservación de dicha cuenca. ¿Que opciones tiene una ciudad como Bogotá para proteger esta cuenca ante el crecimiento desbordado de la ciudad?, una pregunta para nada fácil de responder.

Esta región ha sido habitada por campesinos que tradicionalmente han hecho de la papa, la arveja, el haba y el ganado sus principales fuentes de ingreso. En la década anterior, se despertó un enorme interés por proteger este territorio por parte del gobierno de la ciudad, fue así como se declaró dentro del Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad, un Sistema de Areas Protegidas, con miras a que se convirtiera en un borde amortiguador entre el crecimiento de la ciudad y sus áreas estratégicas de conservación.

Zona Rural Usme, Bogotá (Colombia)

Es en ese marco que surge una propuesta innovadora de reconversión productiva (Ver: Logros y Resultados), la cual parte de: primero es reconocer que existe un gran conflicto por uso del suelo: en donde algunos quieren sembrar, otros quieren construir, y donde algunos quieren conservar, otros quieren sembrar; y segundo, es importante convertir la conservación en una opción de desarrollo para la población. Un país acostumbrado a ver el bosque como una traba al desarrollo por décadas, debe generar los instrumentos para que conservar los suelos, el agua, los bosques, tenga en lo posible un reconocimiento para quienes se comprometen a hacerlo, y un castigo para quienes no lo hacen.

La cuenca alta y media del río Tunjuelo posee aún grandes valores de conservación, se busca que de la mano de estos campesinos, se genere la estrategia de reconversión productiva, donde se conserven predio a predio los suelos, aguas, el páramo y los pocos bosques altoandinos que todavía se preservan en esta región.

Lo anterior requiere de dos componentes: el primero, buscar que la producción agropecuaria tradicional se transforme a una producción orgánica y de buenas prácticas agrícolas en aquellas zonas donde no existen áreas protegidas; y lo segundo, que en aquellas áreas protegidas donde existe producción agropecuaria, poco a poco sea reconvertida la producción, hasta recuperar dichas áreas para la conservación, de la mano de instrumentos económicos que reconozcan este cambio, vía compensación por servicios ambientales.

Muchas ciudades en el mundo han logrado conciliar la presión del crecimiento de la ciudad con la conservación de sus áreas ambientalmente estratégicas. Sin embargo, esto ha requerido de voluntad política y de mucha innovación en los instrumentos de desarrollo rural implementado. Bogotá esta a tiempo todavía de recuperar su zona rural, sin embargo, esto va a requerir de recursos y de mucha coordinación institucional para lograrlo.

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Pueblos Indígenas del Piedemonte Amazónico frente a los megaproyectos: Nuevos modelos de gobernanza

Río Caqueta, Piedemonte Amazónico (Colombia)

La unión de la Cordillera de los Andes con la Amazonía crea una de las regiones con mayor riqueza en ecosistemas, biodiversidad y culturas indígenas en Colombia. Dicha región, conocida como el Piedemonte Amazónico, cuenta con uno de los mayores índices de pobreza del país y los más bajos desarrollos en infraestructura. Sin embargo, desde hace muchos años, ha sido una región que ha despertado el interés de empresas petroleras, mineras, agroindustriales y de infraestructura, dados los megaproyectos promovidos, principalmente, por los últimos gobiernos.

Esta región, como ninguna otra, es lugar de encuentro de los sectores “conservacionistas”: tanto de las áreas protegidas, la biodiversidad y la cultura; como de aquellos “desarrollistas”, que intentan capitalizar los grandes incentivos del gobierno en materia de explotación de recursos naturales no renovables; así como de aquellos otros que ven una oportunidad en la explosión, en materia de servicios y de oferta de empleo no calificado, que crean estos boom. El gobierno intenta satisfacer los intereses de unos y de otros, con unos resultados muchas veces inciertos y que la mayor parte de las veces, no generan una señal clara en materia de que se tiene como política para dicho territorio. Se ha llegado a casos donde en una misma área, se declara un área protegida y se otorga una concesión minera.

En medio de dicho conflicto de intereses quienes son los dueños y han vivido y protegido ancestralmente este territorio, son, por lo general, los últimos en enterarse de los cambios sobre el territorio. Los pueblos indígenas del Piedemonte Amazónica: Inganos, Kofanes, Camentsa, Coreguajes, entre muchos otros; intentan conservar su territorio, en medio de las concesiones petroleras y mineras, los proyectos agroindustriales, los proyectos de construcción de vías y la colonización, derivada de estos procesos.

Desde los diferentes cabildos indígenas y sus resguardos, las organizaciones indígenas deben negociar con las instituciones del estado y las empresas privadas, a través de figuras legales como la Consulta Previa. Los megaproyectos traen consigo altos impactos indirectos sobre los territorios y sus poblaciones, los cuales no son considerados, generalmente, en los estudios de impacto ambiental, pre-requisito para la obtención de las licencias que se otorgan por parte del gobierno.

Los pueblos indígenas del Piedemonte Amazónico, cuentan con Asociaciones de Autoridades Tradicionales Indígenas, AATI; como una opción para unir fuerzas y construir unas mayores capacidades; que les permita entrar fortalecidos en los escenarios de negociación con el gobierno y las empresas. La innovación en materia organizativa lleva a estas AATI a buscar la forma de fortalecer capacidades para enfrentar de forma constructiva las demandas producto de la llegada de los diferentes proyectos.

Si bien es necesario reconocer que en el país existen normas que protegen en parte, la cultura y los territorios de dichos pueblos, las mismas se han construido desde un pensamiento netamente occidental, considerando los tiempos y los ritmos de negociación y los intereses propiamente occidentales; así como en una lengua diferente a la de los pueblos indígenas. Los líderes de los cabildos y de las organizaciones indígenas, muchas veces, tienen que recurrir a organizaciones que les traduzcan a su lenguaje
(algunas veces de forma literal), lo que dichos megaproyectos tienen escrito.

Fortalecer las organizaciones indígenas y construir unas mayores capacidades en sus líderes, debe convertirse en una prioridad para las organizaciones interesadas en conservar estas culturas y su territorio; ya que son ellos quienes lo han preservado y conservado ancestralmente; y así mismo son los únicos que posiblemente van a permanecer cuando: la mina, la explotación petrolera, la carretera o el proyecto agroindustrial termine, una vez no quede más recurso por explotar.

Río Putumayo, Piedemonte Amazónico (Colombia)

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